La pandemia y los teléfonos inteligentes hicieron la mezcla perfecta para que la oficina no solo esté en nuestras casas, sino metida en lo más recóndito de nuestra mente. Suena una notificación, no importa la hora, y nuestro cuerpo reacciona con un sentido de urgencia, ¿de qué se tratará? ¿Habrá que atender algún asunto? Los tiempos de comida, de sueño, de descanso, de convivencia familiar se traslapan con el trabajo.
Por una parte, esta realidad que nos está tocando no es del todo mala, si uno es suficientemente capaz de mezclar sus mundos, de prestar atención a todo lo importante, puede ver a su familia, hacer ejercicio, y trabajar eficientemente. Sin embargo, es fácil traspasar la frontera del enajenamiento, del no descanso.
Las notificaciones del celular nos han condicionado. De acuerdo con Jerejian et al. (2013) en un experimento con académicos de una universidad en Australia, el correo electrónico genera estrés y genera un impacto negativo en su desempeño. De acuerdo a un experimento de Blank et al. (2020) verse interrumpido por correos electrónicos genera un sentimiento de tristeza y si la interrupción es continua el sentimiento se transforma en miedo.
Además del impacto psicológico, los medios digitales tienen un tienen un impacto ambiental importante. De acuerdo con Wohllebe (2019) un correo electrónico almacenado en un servidor genera aproximadamente 4 gramos de CO2. Para tener una idea de lo que esto significa para nuestra comunidad universitaria, la lista de distribución de UIA Santa Fe tiene 1,948 miembros, lo cual significa que cada mensaje que se manda a toda la comunidad genera casi 8 kg de CO2. Si una persona responde a todas las demás esta cantidad se multiplica. Por tanto, si a un correo masivo responden 3 personas con copia a todos los demás, se emiten 32 kg de CO2 por un solo correo. Se necesitarían solo 47 mensajes como los anteriores para generar las emisiones de todo un año de un automóvil.
NFT: la historia detrás del famoso meme de la «niña desastre» que acaba de venderse por US$500.000 (https://www.bbc.com/mundo/noticias-internacional-56938953)
El futuro no creo que sea diferente a lo que estamos viviendo, cada vez dependeremos más de medios digitales. Para ejemplificar, los llamados tokens no fungibles (non-fungible token – NFT) han cobrado popularidad para verificar la autenticidad de un objeto digital. Digamos que sirven para otorgar el certificado de autenticidad de algo virtual (por ejemplo un meme o un video). Otro ejemplo son las monedas digitales que si bien han tenido sus tropiezos en días recientes, considero que han llegado para quedarse. No obstante, la tecnología blockchain, que es la base de estos dos ejemplos, tiene una huella de carbono importante. Es una tecnología intensiva en energía y su impacto crecerá exponencialmente. Una posibilidad para compensar el impacto ambiental de esta tecnología es establecer impuestos al carbono que se tengan que pagar cuando se haga una transacción con monedas virtuales o NFT.
Estoy de acuerdo con las nuevas (y no tan nuevas) tecnologías, hay que usarlas y beneficiarnos de ellas. Sin embargo, creo que debemos hacer un uso racional de ellas. Evitar mandar correos innecesarios, responder masivamente, abusar de medios digitales, incluso, a evitar reuniones virtuales innecesarias. A manera de idea, creo que nuestros dispositivos deberían tener una sección que nos informe de la huella ecológica que tiene nuestra actividad, así como nos avisa del tiempo que hemos estado usando cada aplicación cada semana. Soy un entusiasta de la tecnología, pero como todo en este planeta finito, su uso óptimo dependerá de tomar en cuenta todos los impactos que tienen nuestras decisiones en el ambiente.