Para un cinco de junio con pandemia, por Adriana Flores y José Alberto Lara

Desde el año 1972 se conmemora el Día Mundial del Medio Ambiente, a iniciativa del pleno de las Naciones Unidas. Poco a poco, a lo largo de todos estos años, el medio ambiente se ha ido convirtiendo en uno de los puntos nodales de la vida en la Tierra. Claro, para los amantes de la naturaleza (como la que escribe), el planeta ha sido importante desde siempre, pero en estos últimos 30 años ha pasado de los laboratorios y bitácoras de los naturalistas, a los curules de los diputados (como refiere Fernando Mires en El discurso de la Naturaleza, 1990).

 

Muchos años se han pensado al medio ambiente y a los esfuerzos por conservarlo, como eso: esfuerzos para balancear la disyuntiva entre tener un ambiente sano y el crecimiento económico. En realidad, no hay tal disyuntiva. ¿Tiene sentido escoger entre tomar agua limpia o llena de metales pesados desechados por la industria? ¿Entre respirar aire limpio o cargado de monóxido de carbono? El crecimiento económico no está separado de los procesos naturales, como no lo está la vida humana. La construcción de la sustentabilidad es eso: comprender el bienestar como el resultado de múltiples factores, entre ellos las actividades económicas, en el reconocimiento de que la economía está soportada por los procesos naturales. El agua es un bien económico, tanto como la fertilidad de la tierra o la presencia de polinizadores. La integridad de los ecosistemas está íntimamente ligada a la vida humana, como lo demuestra esta pandemia, que está asociada a la destrucción de hábitats naturales (IPBES, Informe Global sobre Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos, 2019).

 

Este cinco de junio la invitación es a dejar de ver dos esferas separadas, a volver a tener criterios claros que reconozcan los vínculos entre economía, sociedad y ecología, ya que no hay sustitutos para los procesos naturales que soportan la vida de todos. Las políticas públicas y las decisiones institucionales (desde el nivel local al nacional), requieren preguntarse si tales decisiones nos permiten mantener los procesos que soportan la vida, y acabar con la pobreza y la desigualdad social. No son dos preguntas, es una sola.

 

Pareciera que la apuesta actual de nuestro gobierno no apunta en este sentido. Es importante hacer crecer al país, sobre todo cuando llevamos décadas con muy pobres resultados, pero no a través de recortes brutales a instituciones como CONANP, CONABIO, SEMARNAT, o frenando las inversiones a las energías renovables. Esta pandemia nos está enseñando lo frágiles que somos y lo frágil que es nuestro sistema económico, suena más razonable transformar nuestra forma de pensar y nuestras formas de organización, equilibrando la balanza entre un medio ambiente sano y el crecimiento económico. Suena razonable, para evitar que la naturaleza nos siga dando lecciones de humildad.