Maradona y la utopía de la movilidad social en América Latina

La afición

Foto: Alejandro Barriga Camelo

Imagina ser un niño de 11 años que vive en un barrio pobre en las periferias de una ciudad capital en América Latina. Un 29 de junio de 1986 miras en un televisor pequeño en el bar del barrio la final de la Copa Mundial de Futbol que se juega en el Estadio Azteca, en México. Pasados los 90 minutos, miras como Diego Armando Maradona, el que una vez fue un niño pobre como tú, sostiene en sus manos la Copa del Mundo.

A tres días de la muerte del ídolo del deporte, Argentina y el mundo siguen conmocionados por su partida. Icónicas fotos de fanáticos de los dos equipos más importantes de Buenos Aires, el Boca Juniors y el River Plate, abrazándose pasarán a la historia. Incluso presidentes y jefes de estado alrededor del mundo declararon públicamente que lamentaban su partida. En las redes sociales el debate es candente pues ¿Se le debe juzgar como persona o como futbolista? ¿Víctima del sistema, victimario o ambos? Y la razón por la que sus miles de seguidores lo defienden a capa y espada, es porque, además de que marcó la historia del deporte para siempre, protagonizó una de las promesas menos certeras del sistema económico actual: la movilidad social.

Imagina ser un niño de 11 años que vive en un barrio pobre en las periferias de una ciudad capital en América Latina. Un 29 de junio de 1986 miras en un televisor pequeño en el bar del barrio la final de la Copa Mundial de Futbol que se juega en el Estadio Azteca, en México. Pasados los 90 minutos, miras como Diego Armando Maradona, el que una vez fue un niño pobre como tú, sostiene en sus manos la Copa del Mundo.

América Latina destaca por ser una región pobre (en dinero), rica (en recursos) y ante todo, desigual, y a pesar de que a principios de este siglo la tendencia, tanto de la pobreza como de la desigualdad, pareciera ir a la baja, en años recientes la tendencia se revirtió (CEPAL, 2019). Y la desigualdad en la región se observa entre hombres y mujeres, ciudades y pueblos, blancos y morenos, morenos y negros, jóvenes y viejos. Los más pobres, los más racializados, los más marginados, son los padres de las futuras generaciones de los más pobres, los más racializados y los más marginados. En América Latina, ser pobre es una cruz que se carga desde que se nace hasta que se muere.

La teoría económica más simple establece que el trabajo es un insumo de producción y que se valora, como todos los bienes y servicios, de acuerdo a la disponibilidad de este insumo. Por lo tanto, las tareas más simples, esas que pudieran hacer prácticamente todos los seres humanos, serían las menos valoradas en el mercado ya que todos los seres humanos se ofrecerían para dichos trabajos. A medida que el trabajador adquiere habilidades que lo diferencian del resto de los seres humanos, y que la cantidad de trabajadores que saben hacer lo que él o ella sabe disminuye, entonces su trabajo es más valorado. Entran también otros factores personales que afectan esta ecuación. La valorización del trabajo se ve afectada por la calidad del trabajo que hace la persona y la cantidad de trabajo que es capaz de llevar a cabo en un periodo determinado de tiempo. A lo anterior se le conoce como “productividad”, o dicho de otra forma, que tanto es capaz de producir un ser humano en comparación con otro ser humano, o incluso, con una máquina.

Considerando entonces que el planteamiento anterior (en extremo simplificado) se cumple, el ingreso de una persona dependería de su capacidad para adquirir habilidades que pocos poseen (y que sirven para producir algún bien o servicio que se valore en el mercado) y de perfeccionar esas habilidades para ser más eficiente que el resto. Entonces surgen palabras como “disciplina”, “talento” y “compromiso” que permitirían a una persona perfeccionar sus habilidades para volverse mejor en lo que hace (es decir, más valioso o mejor valorado) y así aumentar su nivel de ingreso. A su vez, este razonamiento lleva a la creación de la idea de la “meritocracia” que es la capacidad de ganarse lo que uno tiene a través de sus propios méritos.

Entre muchos pobladores de América Latina, la idea de la “meritocracia” está sumamente arraigada, y es además alimentada por publicidad proveniente de países desarrollados o con altas tasas de crecimiento como Estados Unidos y China, que presentan historias de empresarios millonarios que comenzaron su carrera vendiendo algo en la esquina de una oficina o banco y que venden cursos sobre “¿Cómo ser tu propio jefe?”, “¿Cómo alcanzar el éxito?” o “¿Cómo volverte millonario?”. Y entonces, frases como “los pobres son pobres porque quieren” y “yo me he ganado todo lo que tengo” se vuelven recurrentes métodos de indiferencia ante la tragedia ajena.

Lo que muchos de los latinoamericanos no tomamos en consideración es que, en la región, existen una serie de variables no contempladas en la ecuación anterior que distorsionan por completo la operación del sistema y que vuelven, en la mayoría de los casos, la idea de la meritocracia una mera ilusión. Entre estas destaca la desigualdad de oportunidades, el machismo, el racismo y el compadrazgo. En Latinoamérica, el camino es mucho más largo para algunos y los obstáculos mucho más grandes.

Por esto, Maradona toca los corazones de tantos millones de latinoamericanos. Maradona no era solo un deportista extremadamente bueno. Maradona era un niño pobre que ni a punta de dinero, ni a punta de contactos, sino de talento, salió de la pobreza, conoció el mundo, tuvo acceso a todo lo que quiso y sostuvo en sus manos la copa del mundo. Maradona personifica el idilio que el sistema vende a los latinoamericanos, que a punta de trabajo duro (o de habilidades natas) los sueños se cumplen.

Referencias:

Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), Panorama Social de América Latina, 2019 (LC/PUB.2019/22-P/Re v.1), Santiago, 2019,