Lo que ya no callamos las mujeres

“Se suben otros cuatro hombres más. Estás rodeada de ellos ¿Quiénes son? No lo sabes. Hombres buenos, hombres malos. No lo sabes. Para ti todos son potenciales violadores ¡Qué injusto!”

Para la discusión en torno a la sustentabilidad y en el marco de la conmemoración del 8 de marzo, vale la pena poner sobre la mesa la insostenibilidad del sistema patriarcal, los múltiples costos (sociales, económicos y ambientales) asociados a este esquema de opresión, y cómo, conforme pasa el tiempo, el hartazgo vuelve más insostenible para las mujeres está dinámica. Por eso, hoy levantan la voz, las manos y la cara, en sus muy diversas formas, ante el opresor. Visible o invisible, cercano o ajeno, conocido o desconocido. Si bien este texto no toca las problemáticas antes mencionadas, a través de un relato se busca ilustrar una de las miles de millones de formas en las que este sistema sangra la vida de seres humanos a lo largo del mundo. Intentando así sumar a la discusión, no desde la técnica ni la reflexión académica, sino desde la experiencia.

Cinco de la tarde. Sales de la oficina. Dos horas de trayecto a casa ¿Tomarás un Uber? Es más caro, aunque podrías hacer el esfuerzo de pagarlo; además, tú seguridad no tiene precio. Aunque ¿Es más seguro Uber? ¿Por qué? Porque tienen los datos del conductor ¿Y qué? Aunque los tengan no hacen nada. Pero puedes compartir el viaje con tu familia … aunque, más tarda tu familia en llegar que el tipo en desaparecerte. Lo piensas. Haces tú análisis de escenarios: mejor camión, hay más posibilidades de escape.

Te subes. El conductor te dice “Diez pesos, muñeca”. Te incomodas. El bus va lleno, así que vas parada, junto al conductor. Entran dos tipos más y te mueves, te pegas a una mamá que va con su bebé. Les estás dando la espalda a la mitad de los pasajeros. Miras a tu alrededor: hay como 10 mujeres y 20 hombres, más o menos. Te das la vuelta. Ahora solo la mamá con el bebé te ven la espalda. Un hombre se muerde los labios, te mira, y hasta atrás hay otro mandando besos ¿A ti o a otra? No importa, te incomoda.

Hace calor, pero que pésima idea ponerte hoy falda. En una mano llevas el portafolio, con esa misma te agarras de las barras laterales para no caerte y con la otra vas revisando que no se te suba la falda, la entrecierras lo más que puedes. El bus va lleno y la gente sudando, con los cubre bocas a la mitad de la nariz. Las gotas de sudor se escurren por los cuerpos de todos los pasajeros, se empapan unos con otros ¡Qué calor! Tu blusa, ya un poco húmeda por el calor, te hace sentir desprotegida, desnuda, transparente ¿Será que te pones la chamarra? No, hace mucho calor y hay mucha gente. En eso, un tipo se voltea y te pasa un papel que llevabas en la mano y que tiraste sin darte cuenta “Mire señorita, se lo alcé para que no tenga que agacharse” Sonríe. Pone su mirada en tu blusa medio mojada. Te sonrojas, te preocupas, te asustas. Él vuelve a sonreír y se voltea. Nerviosa, te pones la chamarra.

Se suben otros cuatro hombres más. Estás rodeada de ellos ¿Quiénes son? No lo sabes. Hombres buenos, hombres malos. No lo sabes. Para ti todos son potenciales violadores ¡Qué injusto! No todos lo hombres son violadores. Hay hombres honestos, respetuosos, hay hombres que luchan por las mismas causas que tú y otros tantos que sufren lo mismo que nosotras. Pero tú no sabes, la paranoia.

El camión se frena y la gente se mueve. Tu cuerpo choca contra el de alguien, pides disculpas, te preocupas, no sea que lo vaya a tomar como una insinuación. Un hombre te ofrece su asiento, declinas, insiste, lo tomas y se para junto a ti. Te sientes rodeada ¿Ahora cómo vas a escapar? Tratas de no mirarlo, no hacer contacto visual. En un par de kilómetros, el hombre se baja, por eso te ofreció el asiento. Te sientes tonta ¿Por qué piensas así de mal de todo el mundo? Pero, es que no queda de otra, “Desconfía mujer, desconfía, no por convicción sino por protección.”

Ya casi acaba el trayecto en bus, ya quieres llegar, pero hay mucho tráfico. Miras que el hombre junto a ti trae una bolsa de plástico negra doblada y heridas en las manos ¡Pánico! ¿Por qué traería eso, y las manos …? Hay millones de razones, pero en tu cabeza solo hay una. Llega el bus y bajas con prisa, te alejas, para perder al hombre de la bolsa. Te sigue, o más bien, va en la misma dirección que tú. Desesperada cruzas la calle. Los coches te pitan el claxón. No te importa, mejor que te atropellen a qué te violen uno o varios hombres y morir en manos de esos criminales. El hombre no cruza la calle, no te estaba siguiendo, y tú casi provocas un accidente, por puro miedo.

Al otro lado de la calle hay una patrulla, “Todo bien señorita”. Te incomodas, asientes y sigues caminando con rapidez. Todavía hay que llegar a casa. Otra vez piensas. Hay que caminar 15 minutos para llegar, serían 5 minutos en Uber ¿Que prefieres, quince minutos de arriesgarte en público o cinco minutos de arriesgarte en privado? Optas por la primera.

El sol está duro y caminas sudada, con la chamarra puesta pero expuesta por llevar falda. Un hombre en un carro qué pasa rápido te pita el claxón y te dice algo que no entiendes. Sigues caminando. Ahora hay que cruzar un puente. Hay un hombre caminando en la dirección contraria, hacia ti. Te pones muy nerviosa, pero conservas la calma, lo miras. El hombre no te presta atención, te pasa ¡Qué alivio! Sigues caminando. Hay un hombre detrás de ti en una bicicleta y una vez más ataca el pánico. Caminas más rápido. Se te sube la adrenalina y te salen inmediatamente gotas de sudor, frías. Vas rápido, pero sin correr. El hombre de la bicicleta te pasa, pero ya no te tranquilizas y te echas a correr a casa, que está ya a dos cuadras.

Llegas y miras el teléfono. Varias llamadas de tu madre y otros tantos mensajes “Hija, ¿Ya estás en casa?”, “Hija, contesta”, “Estoy preocupada”. Le hablas y la tranquilizas.

Abres Facebook. Una foto de mujeres en la marcha del año pasado. Que pesar que este año la pandemia no nos deje. Lees toda clase de comentarios: “Feminazis”, “Pinches locas”, “Viólalas para que aprendan”, un presunto intelectual hace una reflexión sobre cómo el feminismo intenta reivindicar el papel de las mujeres en la sociedad para oprimir a los hombres ¡Imbécil!

Sigues, un conocido comparte una imagen: “#Aliadofeminista”, sonríes, luego te preguntas ¿Sí será? Sigues bajando. Tu tía compartió un hilo de Twitter en el que un arquitecto explica el valor estético de los grafitis en el Ángel de la independencia, tú tío le contesta indignado: “Esas no son formas”.

Sigues bajando, “Encuentran cuerpos de dos mujeres jóvenes en un baldío del pueblo de Santa Fé, el reporte forense indica que sufrieron de violencia sexual.”  Sientes miedo, coraje, impotencia, rabia, tristeza. Una pequeña lágrima se te escapa … “Si tocan a una, respondemos todas”.  Santa Fé. Tú pasas por ahí todos los días, ellas pudieran ser tus amigas, tus hermanas, tú misma. Y en el lugar más recóndito de tu subconsciente, muy adentro de ti, con infinita vergüenza, y sin poder controlarlo, sientes un ligerísimo y humillante alivio. Hoy no fuiste tú, ni tu hermana, ni tu mejor amiga. Pero, no cantemos victoria, a ver cómo nos va mañana.

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