¿Es el decrecimiento el camino inevitable para ser felices?

La pandemia del COVI-19 nos ha colocado en una situación permanente de alerta y de estremecimiento por la posibilidad de morir.  Somos una suerte de gigantescos Goliats con temor a ser consumados por entes microscópicos.  Acaso la puerta de entrada a esta situación, -comentan con gran convicción algunos expertos- es la destrucción sistemática que ejercemos sobre la naturaleza y la ignorancia del vínculo tan estrecho que existe entre la salud de los ecosistemas, su biodiversidad y nuestra propia existencia.  Por otro lado, algunos observadores han destacado con optimismo, los beneficios colaterales de la pandemia, las muchas manifestaciones de recuperación de la vida silvestre y la limpieza de nuestro entorno gracias al refugio en nuestras casas y por supuesto, a la ralentización de actividades a las que nos ha obligado la pandemia.

Es por ello que, con justa razón, múltiples voces se cuestionan -nos cuestionamos- si el crecimiento tal y como lo conocemos es el camino hacia la felicidad.  Algunas posturas claman con ahínco por entrar a una nueva era: la era del decrecimiento económico.

El crecimiento económico es una meta limitada para medir la calidad de vida y eso fue reconocido desde un comienzo por creador de las cuentas nacionales que lo miden a través del PIB per cápita.  El propio Simon Kusnetz (nobel de economía 1971) lo reconoció así en múltiples ocasiones.  En efecto, las cuentas nacionales captan por igual la producción de alimentos que los servicios de atención médica, que la producción de armas y otros bienes que en su proceso de producción dañan nuestra salud y la del planeta, y eso a todas luces es problemático.

Pero hay una dimensión social crucial que se asocia al aumento del PIB, y este es la generación empleos.  El empleo digno y bien remunerado, es una de las mejores formas de elevar la calidad y reducir la desigualdad.  En México se estima que, por cada aumento de 1% del PIB, se generan aproximadamente 250,000 empleos.  Por ello, una de las cifras más atemorizantes en la era post-COVID-19, es que al enfrentar un escenario reducción de 8% del PIB, dos millones de compatriotas perderán su empleo.

El debate sobre crecer o conservar la salud de la naturaleza y el avance en otros indicadores de progreso social no es nuevo.  Ya desde de la cumbre de la ONU sobre desarrollo y medio ambiente en Rio de Janeiro en 1972 fue planteada la disyuntiva.   La conclusión final del evento es que, si bien estos dos objetivos han estado históricamente enfrentados, existen formas mediante las cuales los podemos reconciliar.  Y ese es el espíritu que desde entonces ha animado sucesivamente a la Agenda XXI, los Objetivos de desarrollo del Mileno y ahora los ODS-2030.  El crecimiento es importante, pero por sí mismo no es suficiente para remediar todas las formas de injusticia, la discriminación, la desigualdad, la falta de estado de derecho y la contaminación de los ecosistemas.

Ampliar el espectro de objetivos socialmente deseables y encontrar nuevas formas de medir el bienestar es un camino más pertinente. Tal como lo muestra la iniciativa liderada por el premio nobel de 2001 Joseph Stiglitz en el proyecto Beyond GDP: Measuring What Counts for Economic and Social Performance.[1]

Como bien apunta el economista Jeffrey Sachs, el nuevo crecimiento debe cifrarse en construir nuevos sectores industriales y de servicios, no apuntalar los antiguos y moribundos. Nuestra recuperación no vendrá de producir más petróleo y electricidad de formas onerosas, dictatoriales y despilfarradoras sino a través de formas de organización productivas más democráticas, empáticas y limpias.

Debemos pensar en nuevas formas de crecimiento que produzcan felicidad.  Que cuiden de nuestra “casa común”, que apuesten a la paz. No más elefantes blancos sino, emprendimientos cooperativos y solidarios, alimentos orgánicos, ganadería silvopastoril, paneles solares, turbinas eólicas, baterías avanzadas, software de redes inteligentes; nuevos modelos de atención médica universal de bajo costo, trabajos que capitalicen nuestras recientemente adquiridas herramientas de telecomunicación en época de pandemia.

Solo imaginando y emprendiendo estos mundos posibles, es que podremos eludir la inevitabilidad del decrecimiento para alcanzar la felicidad.  El camino estriba en apostar por un verdadero crecimiento con rostro humano.

[1] Stiglitz, J., J. Fitoussi and M. Durand (2018), Beyond GDP: Measuring What Counts for Economic and SocialPerformance, OECD Publishing, Paris. https://doi.org/10.1787/9789264307292